
Celebraciones infernales. En este plano invisible de pliegues geométricos enloquecedores, las fiestas del mal son una contrarreacción a lo que aparece en el rechazado exterior de naturaleza bondadosa, una respuesta triste y mísera que a través del poder consumidor de almas conlleva un dolor acumulado durante eras tan antiguas como la muerte misma del bien, un recuerdo lejano de aquella belleza destinada a reconfortar un proyecto de ilusión paralizado en un encuentro fatal con una ilusión mentirosa acuciante de promesas reventadas por el puño cerrado de lo accidentalmente considerado imposible de presentir ante la atrofia de un instinto cruel de perversidad emponzoñada. Volviendo hacia atrás la mirada, los ojos a punto de salirse de sus cuencas, ofrece un espectáculo alevoso de espantosa sensación de final sin inicio aparente conclusivo. Suenan las campanas avernales en su malvenimiento soterrado de lo que un día fue comprensiblemente humano, conmemorando la derrota vital ante la bestia que ahora lo es.
El disco de hoy es el elepé «Bestial Possession» (Posesión bestializante) de los australianos Depravity (Depravación), un quinteto dedicado al death metal técnico desde 2016. Comenzaron su discografía con la publicación de un epé en ese mismo año, al que le sucedieron un primer larga duración en 2018 y su segundo en este formato dos años después. Este su nuevo trabajo apareció en cedé, casete y vinilo el 21 de noviembre de 2025 a través del sello indio Transcending Obscurity Records
La portada es un óleo de temática simbolista y disfuncional a cargo de uno de los artistas más renombrados del panorama contemporáneo extremo. Aquí emplea un color añil apaciguante que refuerza la imagen central somatizadora de un caos irresoluble. Tanto el nombre del grupo como el título del álbum están correctamente implementados de un modo consuetudinario.
La escucha completa del disco supone un total de 38:47 a través de nueve temas, con un tiempo uniforme en cuanto a sus duraciones parciales. La producción está maximizada en su combinada fusión de potencia y organicidad sin atisbo de errores aleatorios.
Los tiempos sobrevenidos son lentos, medios, rápidos y muy rápidos en un arco sonoro perfectamente empastado.
La voz es intensa en un orden de superior declamación anglosajona, alternando cavernosidad furiosa junto a partes agudas iterativas.
Las guitarras desempeñan su función con un un gran toque técnico sutil, bordeando lo progresivo y dotando a los solos de una característica etérea expansiva.
El bajo destaca por un nivel añejo de ejecutoria noventera, con una parcela de marcación pulsátil de creatividad sondeable.
La batería a los parches -de manera ex profesa-, los platos- menos decisivo- y el doble pedal -absorbente en su trascendentalismo rítmico- pone a disposición de los oídos una catarata delicuescente de emociones irradiadas, convirtiéndose en otro de los puntos más sólidos del elepé.
Coda: un disco que por sí solo anuncia un final de año de categoría iniciática.
Nota: 9.
Autor: Deader.
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